Autogestión, digitalización y agotamiento: paradigmas de la música actual

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¿Alguna vez fuimos dueños de nuestro “éxito” al autogestionarnos o solo somos un cúmulo de sueños convertidos en datos? Intentaré responder este par de preguntas desde mi experiencia, una que lleva casi 12 años cuestionando si este nuevo modelo de “independencia” y “libertad” creadora no es sino el resultado de nuestros propios caprichos, individualismos y ansias competitivas en la era del streaming. ¿Cuántos aquí presentes no se han visto sumergidos en estas dinámicas de redes sociales volcadas a la dependencia de la interacción, el número de suscriptores o la cantidad de escuchas? Impresiones, alcance y frecuencia, 3 palabras que ahora, instauradas en el lenguaje cotidiano, nos hicieron convertir a todos en pseudo-publicistas. ¿Sigue siendo ese nuestro sueño? Hace 30 años, los artistas eran simplemente artistas, al menos en ciertas partes del globo, ahora son una especie de gurús de la “todología”, más esclavos de esos 3 objetivos de medios que de sus propias creaciones.

Help Musicians UK, una organización sin fines de lucro que promueve la salud de los músicos en el Reino Unido, publicó en 2017 parte de un estudio compuesto por una muestra de 2,211 profesionales autoidentificados como músicos que refleja que el 71,1% de estos encuestados cree haber experimentado ataques de ansiedad y pánico, mientras que un 68,5% experimentó incidentes de depresión. ¿Estás cifras nos alarman o sigue normalizada esa concepción occidental de que la creatividad y la locura están estrechamente vinculadas? Yo mismo romantizaba la idea de ser un músico atormentado, pero eso, creanme, no es divertido. Hace poco, todo lo que me importa en la vida casi se desvanece por vivir ese “sueño”, el sueño de una música apegada a las estadísticas, el sueño de una estrella de rock triste y ambiciosa, ahora, tengo una respuesta rotunda si me preguntan si esto me sigue pareciendo divertido, me refiero a la idea de sacar música siguiendo esa lógica mercantilista que la asocia a planes de medios, innumerables estrategias de comunicación, giras y la asunción de roles que nos llevan a desdibujar nuestros rostros de humanos más que de artistas. Abusamos de esa retórica romántica del músico torturado, de los símbolos sexuales, de las figuras idealizadas, de los patrones de crear y exponer, ¿la música popular siempre fue tan trivial? Desde Schumann, Mahler y Rachmaninov, pasando por los mártires del rock & roll, hasta llegar a los nuevos ídolos de la música viral, yo, desde mi lugar, he visto caer en este juego hasta los músicos experimentales más intrépidos, teniendo su minuto de fama detrás de un escenario, consumiendo todo tipo de sustancias para vivir al límite y soportar las noches de desvelo. Pero, ¿en dónde quedan los intentos de velar por el bienestar emocional y psicológico de todos aquellos músicos que ingenuamente buscan forjar una carrera dentro de una industria patológicamente egocéntrica y excesivamente competitiva? Si esas grandes estrellas han sucumbido a esta vorágine, ¿qué podemos esperar los artistas de pequeño y mediano formato que ya no nos ajustamos a esta dinámica de tener un equipo que nos respalde? 

Inicia 2020 y todo el mundo se encierra, ya sabemos esa historia, también sabemos que durante un año los artistas independientes hicieron más música que nunca y muchos afirmaron esas nuevas lógicas de creación basadas en la inmediatez, algo que eventualmente terminaría enfrentándose a lo efímero del arte digital y sus formas de ser consumido, mayoritariamente determinadas por algoritmos. Dentro de esta distopía intangible, la industria siempre busca repartir sus tajadas, lamentablemente, ese pastel no llega de la misma forma para todos y nos deja tan solo con las migajas a los artistas sin una red de protección. En todo este mapa, firmas de streaming como Spotify, que en 2021 tiene como usuarios al 5% de la población mundial, comandan el destino de los esfuerzos de los artistas por ganar más escuchas, pero, estos ecosistemas tienden a hacer que la música sucumba a esas casi 50,000 canciones diarias que se suben a la plataforma, es aquí donde nuestro arte se convierte en números, en esa trampa de cantidad versus calidad; con esto no me refiero a que nuestra música se desvirtúe por el simple hecho de cómo ha sido compuesta y/o producida, sino más bien quiero abordar estas preguntas: ¿cómo haces que tu música sea valiosa frente a tanto contenido? ¿Cómo haces que te escuchen en la inmensidad de este océano hostil? Esta metáfora puede ser asfixiante, pero dentro de un panorama traspasado por el capital, sentirse sin aire es para nada complicado. Desde las mismas plataformas de streaming, hasta los servicios de marketing musical como SubmitHub, MySphera o Soundplate, se prolifera un ambiente del artista apegado a su capacidad de vender y analizar esas ventas, ventas que no siempre resultan en una materialización del dinero que invierten. De ser así, se ha perpetuado aquel dicho de que el artista vive de los aplausos, o en este caso cabe mejor la frase: el artista “vive” de sus escuchas. Tal vez el auge de las estaciones de trabajo de audio digital abarató los costos de producción y nos convirtió en las mentes maestras detrás de nuestra música, pero eso desencadenó otros costos que a menudo llegan a las 4 cifras para poder posicionar tu música medianamente bien en listas de reproducción (el nuevo santo grial de la industria musical) o en estas campañas de Tik Tok. Pero, les dije que iba a hablar desde mi experiencia, y tal vez me deba remontar a algunos hitos que he conseguido con nuestro propio arte, refiriéndome a lo que he hecho con Sexores; por ejemplo, una gira en 2014 en Europa, estar en varios listados de lo mejor del año con varios de nuestros discos, tocar en varios festivales masivos, salir en las sesiones de KEXP, una lista de hechos que podría parecer idílica para muchos artistas emergentes, pero que en el fondo oculta la trampa de la autegestión, de descuidar el tiempo para el ocio, de muchas veces olvidarse de los sentimientos de la gente que te rodea, de solo enfocarse a ser productivo las 24 horas del día, los 7 días de la semana, de transformar la ingenuidad de nuestros sueños en indicadores de efectividad. 

En 2018 salgo de gira por Sudamérica y llego a Cochabamba, una ciudad que me enseñó las bondades de vivir alejado del ritmo de una metrópoli, sano algunas heridas, continuo la gira, y termino el año trabajando para uno de los festivales de música electrónica más grandes del mundo, cumplo un sueño, sin duda, pero me termina costando mucho de esa salud mental de la que hablo arriba, eso, sumado al lanzamiento del último disco de Sexores, me hace replantear muchas cosas y decido darle un cambio a mi vida en pro de buscar un equilibrio; ahora, desde mi investigación en el campo de la etnomusicología, he descubierto que esas ideas atravesadas por un capitalismo rampante pierden peso en otros escenarios donde prima la colectividad y un deseo igualitario en la creación de círculos no cerrados de artistas y de personas que conviven con una identidad sonora que atraviesa su cotidianidad. Tal vez, nuestra única forma de escape es nuestra propia capacidad de vivir más lento, de dejar a un lado la arrogancia y el narcisismo, de alejarnos paulatinamente de las pequeñas pantallas que guardamos en nuestros bolsillos y de darnos un tiempo cualitativo para escuchar aquello que necesita ser escuchado, algo como el canto de los pájaros o el agua que fluye en las vertientes de un bosque o la respiración de esa persona que se despierta contigo cada mañana.

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